Muy despacio acaricio su espalda con la mano izquierda, mientras con la derecha mis dedos temblorosos y torpes intentan desabrochar la parte posterior del sujetador. Sus voluptuosos movimientos aceleran los latidos de mi corazón y las venas de mi cuello luchan por escarparse de tan estrecho lugar.
La mirada insinuante de sus ojos rasgados paralizan mis emociones más intimas, la garganta se me seca y un sudor frío recorre mi columna vertebral.
Su pecho palpita en rítmicas pulsaciones, elevando las turgencias hasta casi salirse de su prisión. Unos sugerentes jadeos, me devuelven a la realidad, no estoy soñando. Mi mano izquierda ya no acaricia su espalda, sino que la posee, como si se tratara de un caballo desbocado. Mis labios rozan su sedoso cabello, al tiempo que un suave perfume a jazmín embota mis sentidos. Mi cabeza empieza a dar vueltas y noto que la presión sanguínea va en aumento, hasta estallar en una mini explosión.
Ella se percata de mi estallido y mirando hacia abajo cambia su semblante. Ya no es una mujer excitada, sino decepcionada. El volcán ha explotado antes de tiempo.

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